Un día te despertas y tenes la cara hundida en la almohada mojada.
Otro día te despertas a media noche sin aire.
Esperas a que tu mamá se vaya a trabajar (hace meses que dormís con ella) y gritas, gritas y gritas, hasta que el aire que pasa por tus cuerdas bocales ya no las logra hacer vibrar. Frenas, volvés a hundir la cara, y seguís durmiendo.
Así es al principio.
Negación.
Esperanza.
Negación de nuevo.
Encubrimiento.
Y un día te despertas y el día está gris, aunque no esté nublado, aunque las cortinas estén abiertas.
Pasan dos años.
Aceptación.
Algo de negación.
Explicación.
Entendimiento.
Y casi ocho años después, un día te despertás sin aire.
Y ya no queda nada.
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