Terminó con todas las opciones. Los ritmos que lograban sus dedos, hubieran cautivado.
Tiene miedo.
Sus oídos parecían inertes a una voz interior que le explicaba, razonaba, trataba de entender, la imagen que no está presente como fenómeno, pero si como evidencia de un degrado casi automático.
Se olvida.
Sus pies calzaban en cualquier cama y las sábanas nunca se le escapaban. No habría dicho lo que dijo, pero sus ojos permanecían mirando un retrato que no podía reconocer.
No tiene luz.
Con unos papeles, unos carbones, unos iones; con unas alfombras, unos aromas, sin confecciones; con unas tijeras, un iris y una luz roja, encontraba algo parecido a una sonrisa interior. Quiso, en varias oportunidades, explicarle al mundo que los extremos no se atraen, solo comparten un límite, entienden la fatalidad de estar cerca y lejos del resto, de entrometerse en cuestiones de mandinga.
Empeora.
Esa mañana, al culpar al frío por una tormenta que no terminaba más lejos de su nariz, empapeló una pared que parecía blanca, pero no lo era, con los recortes de años atrás. Esa pared, pasó a ser un recuerdo de blancura. Y su ingenuidad también.
Tocan la puerta.
Ella toca su puerta. Ella abre la ventana. Ella quita los papeles. Ella descubre la mentira. Ella piensa que pasaron años, resulta que pasaron horas.
No entiende.
Entra al baño, reconoce el retrato.
Tiene miedo.
0 comenlabios:
Publicar un comentario en la entrada