domingo 27 de febrero de 2011

Eva se pierde a veces...

Eva creció en los vestigios de lo que en algún momento fue una familia y una casa. En los suburbios de una ciudad nerviosa, Eva vio y miró, gente.
Aprendió a gritar sin ser escuchada, y que la voz sea tan sutil, que tengan que leer unas páginas de su vida para aprender a entender lo que dice. O lo que quiere decir.

Eva extraña, a veces, a un tren que la llevaba cerca del riachuelo, allá donde hay pinos y montones de verde. No extraña, a veces, el verde... extraña los montones.




Y las oportunidades, son como las casualidades. Puede ser en un momento, puede ser mientras entras a un bar, que un pibe se acerque, y te diga que te conoce. Y que tu novio esté al lado, pero el pibe te carcoma más los sesos. Una maldita casualidad que Eva no quiere dejar enterrada.

Si pasa el domingo, se asegura una semana más. Porque si tiene que dejar sus mascotas inexistentes, su pareja ausente, su planta que se cuida sola, y unos cuantos escritos... será un domingo. Después de una noche de amor, una noche de músculos tensos, de excitación. Después de eso, Eva quiere derribar la entrada del edificio con los dientes, esperando así masticar algo más que sus propios nervios. Esperando, encontrar, entre el cemento, y los muebles, un cuarto secreto. Su alma.

Eva, hace un tiempo, inspirada y casi acompañada por un grillo que no la odiaba, pero le tenía envidia, creyó que cuando caer se vuelve saltar, no te duele. Y pensó en saltar, y pecó de ingenua. Las sogas que sus padres ataban todas las noches en su cintura, hicieron que el golpe no sea más que un tirón de orejas, y unas malas palabras encubiertas. Pero la soga, no es eterna, no más que un lápiz labial en el bolso de Amelia, y cuando estuvo lista para caer de pie, la soga la dejó ir, sus padres las dejaron ir, el grillo la abandonó, y a Eva le quitaron el alma.

Solo tenía 15 años, y soñaba con ilusiones azules.
Jugaba con poemas recién inventados, con historia que no sucedían, con pesadillas de una vida paralela que a veces creía suya.
Y cavó su propia tumba, con un nombre que no pudo pronunciar más.

1 comenlabios:

Anónimo dijo...

la peor soga, la que no nos deja ir... es la queno nos atrevemos a desatar...

te amooooooo


Papu